Entre
las flores del mantel bordado
y el
brillo de las copas de cristal,
propios
de una ocasión tan especial,
latía
un pacto tácito y callado.
Un
acuerdo siquiera insinuado,
consensuado
de forma natural
y
acatado por cada comensal,
antes
incluso, de quedar sentado.
Había
que nadar entre las olas
y
soslayar en lo posible el fondo,
quedar
a flote a ras de superficie
y
guardar el dolor en lo más hondo,
sin
aliento ni voz que lo acaricie
hasta
quedarse nuevamente a solas.
Y al
vaivén de las olas
se oyó
de pronto el eco de un trallazo,
un
llanto amargo, solo y sin abrazo.
Alma en el verso
